Hay muchos temas de los que se podría hablar en estos días en torno al mundo de la canasta. Podría escribir sobre ese Tenerife Rural que continúa cumpliendo con su objetivo de finalizar en puestos de play off, pero que volvió a ratificar el pasado domingo una sensación que lleva casi todo el año transmitiendo y que no es precisamente tranquilizadora: la de un equipo extremadamente frágil desde el punto de vista psicológico, algo que resulta crucial a la hora de afrontar una eliminatoria a tres partidos como la que, con casi toda seguridad, disputarán los de Rafa Sanz. También podría hablar de un Canarias del que mucha gente comienza a decir que “le falla la gasolina” a estas alturas de una temporada que ha sido tan estimulante como dura. Puede que haya algo de razón, pero lo que está claro es que el Juan Ríos Tejera es la mejor estación de servicio para los aurinegros, por lo que nadie los descarte aún para acabar entre los nueve primeros clasificados. O introducirme un poco en la Liga Femenina 2 o en la EBA, para mojarme en el tan cacareado debate de las fusiones, que últimamente afecta mucho a unas categorías en detrimento de otras superiores.
Pero me van a permitir que, sólo por un día, me conceda una licencia personal para hablar de algo que me toca muy en lo particular y que emociona a cualquier buen aficionado a este deporte. Una isla con 80.000 habitantes, una ciudad que apenas supera las 15.000 almas y un equipo modesto en la segunda categoría del baloncesto nacional. Una junta directiva conformada por un grupo de enamorados del baloncesto y un cuarteto de personas muy especial en todo lo que tiene que ver con el club: Carlos Toledo, Andrés Pérez Ortega, Domingo Rodríguez y Sebas Arrocha. El UB La Palma viene siendo, año tras año, la viva escenificación de esos milagros que le dan tintes épicos al mundo del deporte. Peleando con presupuestos inmensamente superiores al suyo, teniendo que partir prácticamente de cero cada temporada en la configuración de la plantilla y consiguiendo cada año mantenerse vivo y darle a la isla bonita su ración de buen baloncesto. Sin embargo, esta campaña la situación parecía más difícil que nunca. La configuración del plantel salió, por una vez, rana, y el nuevo entrenador tampocó logró acoplarse a la forma de vida y trabajo de un club que, al igual que toda la isla, tiene un ritmo de funcionamiento diametralmente opuesto a cualquier otro. Así, muchas derrotas en el inicio de temporada, el equipo que se va quedando atrás en la tabla y la sensación era la de que este año no se iba a poder repetir el milagro y el UB saldría, discretamente y en silencio, de la categoría.
Pero la fe, la ilusión y el trabajo mueven montañas. Con esa filosofía se hizo cargo del equipo Domingo Rodríguez, un “chico” de la casa, de toda la vida, de los que uno había visto siempre jugando en la Avenida Marítima o paseando por la Calle Real. Y, tras unos inicios titubeantes, que no parecían sino ratificar el sino de los palmeros esta temporada, la explosión. Seis victorias consecutivas, el equipo fuera de descenso y afrontando las cuatro últimas jornadas dependiendo de sí mismos. Parecía imposible hace poco más de un mes, pero ahí están los números. No sé lo que sucederá en este tramo final de temporada, pero un palmero en el exilio como un servidor no puede sino dar las gracias a todo lo que envuelve el UB por darle tanta épica a una temporada y por reconciliarle con el baloncesto, con la fe y con el amor a un deporte maravilloso.