El miércoles volví, y eso que hacía tiempo que no iba. La culpa de que me interese el voleibol -deporte del cual no tengo ni idea siquiera de sus reglas elementales- la tiene Quico, hombre bien forjado en la tarea increíble de hacer de sueños realidades. Un día leí a Luis Padilla que había que ser del Marichal sobre todo en los momentos difíciles. Lo han sido los más recientes, tal vez por culpa de una concatenación de desgracias que interrumpieron de repente su nómina gloriosa de victorias pero jamás resquebrajaron lo esencial: su espíritu, su coraje, su raza indómita. Hace tiempo que consiguió Quico lo mejor de todo cuanto ha hecho por y para Tenerife. En una isla donde abusamos de fatalistas, hizo de la victoria una costumbre. Luego instaló a equipo y afición en un aura invencible; y los hizo distintos, especiales. No descansó, nunca, hasta que se aseguró de que estuviéramos todos orgullosos y satisfechos de esto que nos unía: el Marichal, su Marichal, nuestro Marichal. En nada éramos tan fuertes, tan superiores, tan persistentes en el triunfo…
De ganar no se cansa nadie, es verdad, pero los momentos malos sirvieron para darnos cuenta de lo que tuvimos y de lo que había que recuperar. Del viaje a la élite conservamos un par de partidos o tres, sobre todo aquel que ganamos al Uralochka. Pocas veces se llenó así el Santiago Martín, pero fue una proeza que lo consiguiera el voleibol, deporte pequeño, noble y peleón; igual que Quico. Más tarde vinieron las derrotas y entonces aprendimos a perder, la asignatura más difícil de esta travesía que nos brindó el Marichal, que ahora vuelve por donde solía. Ya ha logrado lo más difícil: regatear a la vejez, perdurar en el tiempo, conseguir que lo sintamos propio y ganarse nuestro cariño, incluso cuando le fallamos. Somos amantes desagradecidos. El Marichal de Quico nos dio siempre más, mucho más de lo que nosotros le devolvimos. Nuestra ausencia en la grada, sin embargo, era y es ficticia. Nos hacíamos los duros. Puede que no estuviéramos cerca pero latía nuestro corazón con él. Aunque fuera sólo para ir a currar al día siguiente, preguntar cómo quedó y recibir siempre la misma respuesta. Ganó. El miércoles no lo hizo, pero casi que da igual. Hacía tiempo que Quico y su Marichal, nuestro Marichal, habían conseguido la mejor y más grande de sus victorias: ganarnos a todos.