Como cada verano, y ya empieza a ser una buena costumbre, el Heliodoro se verá remozado, rejuvenecido, maquillado, ante una fiesta tan importante y engalanada como es la Primera División, uno de los tres campeonatos de liga más importantes del mundo.
Sin embargo, mal asunto, esta temporada la renovación no parece ser tan bien avenida como las anteriores. Recuerdo, hace ya varios meses, a algún dirigente del Club o del Cabildo Insular de Tenerife hacer mención a la instalación de ascensores para facilitar el acceso de minusválidos a las gradas laterales, de modo que la zona habilitada para ellos no sea, como ha sido siempre, tan sólo Herradura Baja, sino que puedan optar a otras ubicaciones. Hoy, el proyecto de elevadores queda circunscrito a Tribuna, para permitir a los periodistas subir con comodidad los equipos técnicos que necesitan para la transmisión de los partidos. Mucho me temo que estos ascensores acaben teniendo finalidad, también, para los palcos de autoridades.
Hablando del palco... vaya cagada, y con perdón, del Club con este asunto. La remodelación de los palcos es no sólo necesaria, sino, casi, prioritaria, pero no puede acometerse con esta urgencia y esta celeridad sin antes informar a los abonados de los asientos. El Club ha cometido un fallo de cálculo muy importante que debería reconsiderar, pues este tipo de proyectos han de notificarse a las partes afectadas con suficiente tiempo de antelación (dígase media temporada), para que cada uno de los abonados vaya eligiendo los asientos que prefieran o, en su caso, la indemnización correspondiente. Lo que nunca puede hacer el Club es acometer la reforma mediante el procedimiento de urgencia y aplicando un decretazo que no sería bien aceptado en ningún estamento, ni tan siquiera en una asamblea política.
Por favor, no tiemblen al leer la palabra indemnización. Hablo de algo simbólico, por ejemplo, asignarles un nuevo asiento con una rebaja la primera temporada, o en otra grada a coste cero durante el próximo año. Creo, sinceramente, que es lo justo.
Lo peor de todo, y lo digo sin ánimo de ofender ni atacar, es la sensación de desprotección que están padeciendo los abonados, a la par que muchos políticos y empresarios hasta ahora desvinculados del Club van a aparecer sonrientes en los nuevos palcos del Estadio, deseosos de mostrarse fieles al equipo que nunca defendieron.
De resto, seguiremos con la historia de siempre: agua y pulcritud en los baños, cantinas que puedan ser calificadas con un adjetivo mejor que mediocres y otras obras menores que embellezcan un estadio que nunca debieron dejar que envejeciera.