Muchos cocineros destacan por hacer auténticas obras de arte culinarias, algunas merecedoras incluso de galardones comparables a los Oscar's cinematográficos o a los Grammy musicales. Incluso podrían optar a un hipotético Premio Príncipe de Asturias de Gastronomía, o un Premio Nobel de idéntica disciplina. Son los artífices de la cocina de diseño, de la cocina de lujo.
Hay, sin embargo, otro tipo de cocineros. Son los cocineros que trabajan sin más ingredientes que los que atinan a encontrar en ese momento en la despensa. No sólo no elaboran una generosa lista de la compra para abastecer sus provisiones, sino que, incluso, despiertan desazón y tristeza a cualquier invitado que presencie tan desnuda despensa.
Un cocinero de este segundo tipo daría mil vueltas al mismísimo Ferran Adrià; no es que el catalán sea malo, que no lo es. Es que el modesto cocinero de despensa vacía, que los hay, y muchos, por la geografía española, ha de hacer malabares con tres míseros ingredientes cuando Adrià se ve en la necesidad de descartar cientos de productos para no hacer una cochambre con sabores entremezclados.
Si el Tenerife fuera una despensa, Oltra sería un cocinero obligado, día tras día, a usar los pocos ingredientes de los que dispone para poder elaborar un plato que, al menos, sea digerible. La pasada temporada se sentía más desahogado, puesto que los ingredientes, que eran los mismos, tenían mucha mejor pinta que los de la competencia. Se podía decir que Oltra cocinaba al lado de doña Maruca, doña Laura y doña Herminia. Sin embargo, ahora Oltra no compite contra doña Maruca, sino contra Rene Redzepi y Ferran Adrià.
Valga este ejemplo para que quede claro cuál es el ingrato camino que debe recorrer un entrenador valorado por su afición al que, sin embargo, le niegan la posibilidad de reforzar el equipo, obligándole a usar las mismas piezas que la pasada campaña para transitar por un camino mucho más duro.
Es por ello que, después de sesenta y siete minutos de cocción, si Oltra prueba el puchero y nota que está falto de sal, a veces tiene que echarle queso amarillo, porque mira al banquillo y no ve sal, mucho menos jamón serrano, para darle el toque que falta a su plato.
Claro, mientras Llorente no salga con el carrito de la compra al súper, y mientras Concepción no le dé perras para comprar provisiones, previa exigencia de "y tráeme el cambio", a Oltra no le queda más narices que cocinar con los pocos ingredientes que tiene.